Actualizado 18:55
Leticia García |
Una falda tejida con restos de neumático, un vestido hecho con cuellos de camisa, trajes de paños de cocina, faldas que son cinturones superpuestos… A primera vista, no era lo que una esperaría de un desfile celebrado en la lujosísima plaza Vendôme de París, pero solo a primera vista.
Su diseñadora, Ellen Hodakova, acababa de ganar el Premio LVMH (el más prestigioso del diseño novel, dotado con 400 000 euros) con una marca que solo contaba con un par de colecciones y tres años de rodaje.
Allí estaban casi todos los editores de moda prestigiosos, esos nuevos prescriptores que hoy hacen crítica de las colecciones vía Instagram, y un buen puñado de compradores de tiendas multimarca influyentes.
La mismísima Lotta Volkova, quizá la estilista más famosa del mundo, responsable del reciente éxito viral de los desfiles de Miu Miu, se encargó de vestir a las modelos con vestidos sacados de pantalones, pantalones sacados de botas y botas sacadas de tubos de plástico.
Así descrito, aquel desfile podría parecer una de esas colecciones de graduación que realizan ciertos estudiantes de moda con más ideas y audacia que técnica, pero lo cierto es que ese show del pasado septiembre, el segundo de Hodakova en París, se vivió como el inicio de algo distinto, ajeno a la propia moda, como se vivieron en su día, y salvando las distancias, los primeros desfiles de Martin Margiela o Vetements.
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“Mis diseños son un ejercicio de memoria, un reflejo de mi infancia”, explica la diseñadora sueca. Ellen Hodakova (que lleva el apellido de su abuela materna, su “referente en la vida”) creció en una granja junto a su madre, costurera, y su padre, exmilitar, practicando un estilo de vida basado en la autosuficiencia. “Contábamos las monedas y cultivábamos nuestra propia comida.
Mi educación tiene mucho de ingenio. Mi madre me enseñó a mirar los objetos con imaginación”, rememora, “decoraba la casa con muebles de todo tipo y de todas las épocas. Yo me ponía su ropa, que era muy variada, abrigos pesados y vestidos muy ligeros”. Esa idea, la de hacer de la necesidad virtud, se convirtió con los años en el leitmotiv de su trabajo, primero como artista y escultora y después como diseñadora: “Estudiar en la escuela de arte me abrió los ojos.
Me empecé a cuestionar muchas ideas relacionadas con el cuerpo y su relación con el entorno que luego trasladé al diseño”, cuenta. En plena pandemia, trabajando en un estudio en Estocolmo junto a otros artistas, Hodakova se dio cuenta de que quería hacer esculturas en movimiento, reflexionar sobre el cuerpo y la idea de perfección, tomando como punto de partida todos esos objetos aparentemente inútiles que ella, de niña, convertía en elementos decorativos o en juguetes.
Muchas marcas y diseñadores, grandes o pequeños, trabajan hoy con el upcycling, es decir, a partir de tejidos o prendas desechados. Hodakova, sin embargo, va más allá: no recicla lo viejo, recontextualiza lo banal “para verlo con otros ojos”, dice. “Mi proceso creativo siempre va de diseccionar cosas y juntarlas, como un puzle”, explica.
El punto de partida siempre es la intuición: “Resulta casi mágico cuando te topas con algo que te parece interesante y se te ocurre cómo combinarlo y construir con ello”, dice. Ese algo pueden ser cinturones, trapos de cocina, cuerdas de guitarra, marcos de cuadros o incluso cucharas, como aquel top que llevó Cate Blanchett el pasado verano, compuesto por más de un centenar de ellas entrelazadas como si fueran flecos.
“Ellen está cambiando la conversación sobre lo que significa ser sostenible hoy en día. Utiliza reliquias, como estas cucharas antiguas, rescatadas en el campo sueco, para crear proporciones inesperadas y nuevas asociaciones. ¡La abuela estaría orgullosa!”, escribía entonces en su Instagram la estilista de la actriz, Elizabeth Stewart.
Pero a la diseñadora no le gusta hablar meramente de sostenibilidad o de reciclaje, dos conceptos de los que hoy se abusa en la moda, muchas veces sin tener una implicación real en el entorno. Su mensaje es mucho más radical: “La verdadera creatividad surge de las carencias o las limitaciones.
Imagina lo que podrían hacer las marcas si se les restringieran los recursos para producir cosas nuevas”, plantea. Esa idea basada en la recontextualización y el ingenio no solo moldea su proceso creativo, sino todo su sistema de creencias.
Hodakova llama a sus colecciones “convencionales” y las numera con cifras que siempre empiezan por 11, su número de la suerte. Puede parecer que un vestido hecho con una cortina vieja y el marco de un cuadro, como el que mostró en su último desfile, es de todo menos convencional, pero “¿quién no tiene en su casa algo así? Se trata de abrir la mente para que lo viejo se convierta en nuevo”, dice.
Al trabajar ensamblando objetos, diseña directamente sobre el propio cuerpo, como los antiguos couturiers (“ya en el colegio me di cuenta de que no sé trabajar sobre plano, necesito cosas que romper o deformar”, dice), pero, a diferencia de ellos, no busca la perfección de las formas, sino todo lo contrario.
Ella misma lo dejaba claro en un texto que recibían sus invitados al desfile, escrito por la crítica de arte Nora Arrhenius Hagdahl: “Una vez que alcanzas la forma ideal, no queda nada de ti. Te conviertes en una idea. En el presente, las formas ideales cambian tan rápido que no puedes atraparlas. Intenta ser perfecto y acabarás decepcionado y desfasado.
Este es un gran consejo”, decía, y lo explicaba con argumentos poco comunes en un desfile de moda: “Cara, Angelina, Bella, Sophia, por supuesto no son reales, son ejemplos digitales de una especie de perfección performativa. Bella se ha inyectado los labios.
Era preciosa, pero ahora es perfecta. Era preciosa y ahora es como todo el mundo”. “Me interesan las manchas, los errores y las imperfecciones porque son la realidad”, explica la diseñadora. En una industria dominada por cánones de belleza cada vez más inalcanzables y homogéneos, Hodakova no quiere ser perfecta, quiere ser auténtica.
Puede parecer que esta filosofía de vida y, sobre todo, este modo de diseñar deconstruyendo y enlazando objetos cotidianos tiene más de arte que de moda, más de performance que de empresa comercial. Sin embargo, la diseñadora sueca ha logrado, como en su infancia, crear una compañía autosuficiente.
Hay diseños que, por supuesto, son piezas únicas, dado el esfuerzo que conllevan y el tipo de objetos utilizados para darles forma, pero lo cierto es que Hodakova vende no solo a través de su web, también en casi una decena de tiendas repartidas por el mundo, algunas tan influyentes como Dover Street Market o Ssense.
Sus prendas, además, entre los 100 y los 600 euros, precios razonables, por debajo de los del lujo y de los de la mayoría de las marcas de autor independientes: “Trabajamos con empresas que nos proveen de tejidos y materiales al por mayor que iban a desechar”, explica. Cada vez tiene más clientes.
“Personas que creo que comparten mi visión de la vida, que se relacionan de forma emocional con los objetos”, opina. Y los 400 000 euros del Premio LVMH la han ayudado a optimizar su proceso productivo. La decena de personas que compone su equipo realiza todo tipo de actividades.
Los diseños únicos se hacen por supuesto a mano y a medida, y las prendas de las colecciones a la venta se cortan y se ensamblan con máquinas, como en cualquier otra marca, con la salvedad de que aquí cada pieza es exclusiva porque el material que le da forma es casi siempre imperfecto o defectuoso.
“Ahora estamos trabajando con un programa de inteligencia artificial para hacer más eficaz el proceso de clasificación de materiales de segunda mano”, cuenta Hodakova. “Ha logrado montar una marca que funciona bien, que ha encontrado su público.
Ella demuestra que el upcycling tiene un potencial comercial, lo cual es bastante excepcional”, explicaba Maria Grazia Chiuri, directora artística de Dior y miembro del jurado cuando Hodakova recibió el premio. “En realidad, aprendí haciendo sobre la marcha”, relata la diseñadora, “a medida que se planteaban problemas íbamos encontrando soluciones, y así sigue siendo, creo que es la mejor forma de hacer las cosas”.
La marca es tan intuitiva e improvisada como la ropa que produce. Por eso, dice, no tiene miedo al fracaso, porque está acostumbrada desde pequeña “a hacer cosas desde cero, con casi nada”. Tampoco se plantea crecer empresarialmente, ni mudarse a París (aunque ya no vive en la granja, sino en Estocolmo), pero sí difundir el mensaje de que otra forma de hacer moda (y de relacionarse con la ropa) es posible.
“Y viable. Hay mil formas de convertir una cosa en otra, de cambiar la función de un objeto, sin malgastar recursos, pero no estamos acostumbrados a ello”, opina. “Tenemos que ser ingeniosos y atrevernos a probar cosas nuevas. Esa es la clave de todo”.
Contenido publicado el 30 de marzo de 2025 en El País, ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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