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Carlos Arribas |
María José Martínez Patiño recuerda aún la primera página de EL PAÍS del 29 de enero de 1986. “¿Cómo la voy a olvidar?”, dice. “La explosión del Challenger ocupaba casi toda la portada, pero también había un titulito con mi nombre, algo así como la mejor vallista española es un hombre”. En el interior, con una información basada en la filtración y las opiniones del entonces médico de la federación española de atletismo, Eufemiano Fuentes, de los datos íntimos, privados de su expediente clínico, se explicaba que Martínez Patiño, plusmarquista nacional de 60m vallas, había sido excluida de la Universiada de Kobe después de que un test de feminidad revelara que tenía cromosomas XY, propios del sexo masculino.
Análisis posteriores forzados por la federación en un laboratorio de Madrid confirmaron una circunstancia que ella, mujer desde su nacimiento, crecimiento de mujer, órganos de mujer, vida de mujer, desconocía. Ella tenía 24 años. Para evitar el escándalo, que se queme la casa pero que no salga humo, la federación le pidió que en una competición en Oviedo simulara una grave lesión que justificara su retirada del atletismo. Ella compitió y terminó sin lesionarse. Su desafío a la federación terminó poco después en la revelación pública, sin advertirle siquiera, de unos datos íntimos que ni sus padres conocían. Se acabó el atletismo. Comenzó la lucha. Casi tres años después, en octubre de 1988, durante los Juegos Olímpicos de Seúl, José María Odriozola, vicepresidente de la española y miembro de la comisión médica de la IAAF, la federación internacional de antes, presentó como una injusticia la suspensión a Patiño, cuyo organismo es insensible a los efectos androgénicos y anabolizantes de la testosterona. Fue escuchado. El 14 de octubre de 1988, Juan Manuel de Hoz, presidente de la española, recibió un telegrama de John B. Holt, secretario general de la IAAF: “A la luz de nuevas evidencias que nos ha llegado, declaramos a María José Martínez Patiño elegible para competir en la categoría femenina”. La IAAF decidió suprimir los controles genéticos de feminidad inmediatamente. La onda se transmitió a otras federaciones y llegó al mismo Comité Olímpico Internacional (COI), el organismo que los había implantado en los Juegos de México 68. Sidney 2000 fueron los primeros Juegos sin controles.
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“Y 37 años después, la internacional del atletismo se desdice, y volvemos más atrás aún”. Martínez Patiño, de 63 años, exatleta gallega y profesora en la facultad de Ciencias del Deporte de la Universidad de Vigo, siente desde el dolor de aquel 29 de enero la necesidad, casi la obligación, de, partiendo de su experiencia personal, intentar entender y armonizar la conflictiva relación entre el deporte y los test de feminidad que las federaciones, acrecentado su deseo por la ola de conservadurismo antitrans y antiinclusión que baña el mundo, desean volver a implantar.
La experiencia personal le dio la rabia, la firmeza en sus opiniones, y sus estudios, sus investigaciones, su labor en la Comisión del Comité Olímpico Internacional (COI) que trazó las primeras normas para garantizar inclusión y protección de la categoría femenina, le dieron el conocimiento y el derecho a opinar como nadie sobre un problema que la reciente decisión de World Athletics (federación internacional de atletismo) ha vuelto a actualizar al decidir que todas las atletas que deseen competir a nivel internacional deben pasar un test genético para demostrar su feminidad. “Mi condición, ser mujer con cromosomas XY que por una serie de mutaciones genéticas no me han desarrollado como hombre, la categoría conocida como DSD, desórdenes del desarrollo sexual, afecta a una de cada 15.000 mujeres”, dice Martínez Patiño, orgullosa también de sus publicaciones en The Lancet y otras revistas científicas de prestigio. “Y todavía me pregunto, casi 40 años después, qué habrá ganado el periodista publicando esa información que tanto dolor nos causó. Ahora solo espero que el COI intervenga para que ninguna mujer tenga que sufrir lo que yo sufrí”.
Pregunta. ¿Qué hay que hacer?
Respuesta. Nuestro grupo de expertos vamos a contactar con la presidenta electa del COI, Kirsty Coventry, para que tenga nuestra opinión de esto, e intervenga.
P. ¿Y cuál es su opinión?
R. Creo que nos estamos volviendo locos. Esto es un retroceso. Desde el punto de vista ético es cuestionable. Con los controles asegurarán quizás lo que dice Sebastian Coe de proteger la categoría femenina, pero lo que están haciendo en mi opinión es perjudicar a las nuevas generaciones que a lo mejor no van a ser atletas nunca pero a las que con esta normativa les están diciendo, aunque su desarrollo sea el de una mujer, usted en realidad es un hombre.
P. ¿Estos test genéticos en saliva o en sangre seca para determinar si una mujer tiene cromosomas XY con sensibilidad a la testosterona, qué suponen?
R. Esto es un retroceso en toda regla. Un regreso a los reconocimientos que se hicieron a las mujeres hasta hace 40 años y que ya creíamos haber olvidado. Solamente hemos superado la primera etapa, cuando las atletas se desnudaban delante de un panel de médicos que las examinaban detenidamente. Eso ya sería el no va más. Parece mentira que los ordene una federación tan avanzada, que apela a la ciencia y a las investigaciones de expertos y han preguntado a diversos colectivos a nivel mundial, incluida a mí. Y yo he dicho que lo primero que tienen que hacer es diferenciar entre mujeres trans y DSD para no causar ningún agravio comparativo. Una cosa es la elección personal, a la que todas tenemos derecho, y otra una cuestión médica-genética, y con estas normativas no hacen diferenciación. Y no me han hecho caso.
P. ¿Y tiene usted razón?
R. Me han llamado de muchos sitios. De Australia y de Nueva Zelanda, sociedades médicas, y me dicen desde allí que lo que van a hacer está circunscrito a la parte médica, clínica. Que la federación va a actuar como si fuera una organización médica porque van a someter a las mujeres a análisis biológicos, a controlar sus hormonas.
P. ¿Quién conservará esos datos? ¿Cómo se evitarán filtraciones? Porque se puede recordar su propio caso, cómo llegó a la prensa antes que a su familia, o el de Caster Semenya en el Mundial 2009, cuando tenía solo 18 años, y la IAAF anunció que había un problema con su sexo…
R. Esa es la pregunta que hago yo y no oigo respuestas. Las hormonas. Y todos esos datos incluso de menores adónde van, de qué manera se van a utilizar y conservar, quién tiene acceso a ellos. El rumbo va hacia la comercialización del deporte y en el camino hemos perdido completamente la esencia de los valores y de proteger a las nuevas generaciones. Fue dolorosísimo para mí que se hiciera pública mi condición médica, genética. Y, dentro de lo que cabe, en Europa contamos con leyes que nos protegen el derecho a la intimidad y al honor, pero en países menos democráticos, ¿en África, en Asia? Estos lo harán público. Va a suponer un tremendo dolor y una tremenda afectación de la vida de las niñas. ¿Hemos pensado un poco en lo que son la vida de Dutee Chand, de las esprínters de la India, de Namibia, de Caster Semenya…?
P. ¿Por qué ocurre todo esto? ¿Por el retroceso de la sociedad con el aumento de las ideologías conservadoras?
R. Me gustaría ponerme en la cabeza de Coe para entender por qué no hace las cosas mejor. El tema trans, por ejemplo. Yo entiendo que un hombre que ayer saltaba 2,10 mañana no pueda competir con las mujeres. Eso lo entiendo. Pero no cierres del todo la puerta, da opción a la gente que haya hecho su transición pronto, que no se haya desarrollado como varón… Pero me gustaría saber cuál es el motivo por el cual lo están haciendo, porque esto no supone una amenaza tan gigantesca que exija estas medidas desproporcionadas. Si es para casos como el de Semenya, no lo entiendo. ¿Y esas mujeres XX que están por encima de la media, como Simone Biles, por su genética?
P. ¿Saldrá ganando al menos el atletismo femenino?
R. Al contrario. Esta decisión, tomada sin apoyarse en ningún estudio científico indiscutible, hace daño a todo el atletismo. ¿Cuántos padres dejarán a sus hijas practicarlo? ¿No preferirán hacer otros deportes sin esa invasión en su intimidad?
P. ¿Por qué cree que debe intervenir Coventry como presidenta del COI?
R. Hace unos años yo formé parte de una Comisión del COI que estableció unas normas inclusivas y de respeto a la categoría femenina. Ante la presión de algunas federaciones internacionales, el Comité Olímpico Internacional decidió que las normas no serían obligatorias, sino que cada federación podía actuar como mejor creyera en defensa de sus intereses. Creo que ha llegado el momento de que el COI establezca una norma única respecto a deportistas trans y DSD para todas las federaciones, reconociendo siempre algunos casos excepcionales.
Contenido publicado el 30 de marzo de 2025 en El País, ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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